abuelas-boletas-y-supermercados

A mi nona Ruth

 

Quiero hablar de mi abuela. De mi abuela y de las boletas y los supermercados. La recuerdo sumando en un viejo cuaderno cuadriculado con espiral en “El vergelito”, su negocio de abarrotes de calle Ongolmo, en Concepción. Sesenta, ochenta, ciento veinte. Las cifras equivalían a chicles, cigarros sueltos, un pan solo que alguien compraba para la once. La recuerdo poseedora de esa rigurosidad que los abuelos han entendido que la vida merece.

La recuerdo preocupada cada noche de hacer una boleta, sumando todos los productos que hubiese vendido en su negocio y que fueran menores a 180 pesos. Nunca se le iba uno. Siempre cumplía, como saben los abuelos que hay que cumplir.

La recuerdo atendiendo por el nombre, preguntando de la vida –porque en el ir y venir de los negocios de barrio se va la vida–. La recuerdo armando un negocio de la nada y criando a cuatro hijos y varios nietos gracias a él. Siempre poniendo el hombro, nunca pidiendo tregua. Una mujer sin redes en un país donde las redes y los pitutos son todo.

Por eso quiero hablar de ella. Y también hablarles de boletas y de supermercados.

Y recuerdo esos eternos tres días que los dueños de Wallmart, Cencosud y SMU nunca deberán pasar. No habrá cierre de locales, no habrá carteles afuera de sus hipermercados, ni candados de seguridad que impedirán levantar las cortinas.

Mi abuela tuvo un negocio de barrio llamado “El Vergelito” entre 1977 y 2011, y lo que quiero contarles ocurre a mediados de los ‘90, cuando una clienta frecuente entra al negocio, toma un paquete de papas fritas y, dejando mil pesos en el mesón, dice: “Señora Ruth, le dejo aquí la plata; voy apurada. Nos vemos”.

Recuerdo bien ese día porque alguien del Servicio de Impuestos Internos le preguntó a esa clienta frecuente dónde estaba la boleta y, al no tener explicación, cursó un parte a mi abuela, que ameritó el cierre del local por tres días y, por supuesto, un cartel en el negocio, donde el Estado chileno identificaba a “El Vergelito” como un lugar donde se evadían impuestos.

Estas últimas semanas he recordado mucho ese día. Esos días donde el negocio que sustentaba a la familia fue cerrado, marcado y expuesto como un lugar donde se infringía la ley. Lo recuerdo mientras leo que las tres cadenas de supermercado que controlan el 92% del mercado chileno, coordinaron sus precios para aumentar sus ganancias. Para, en ese idioma que se habla en el barrio de donde vengo, cagarnos a todos. Otra vez.

Y recuerdo a mi abuela esperando que los días oscuros y la humillación pasaran. Y a mi abuelo sin saber qué hacer. Y recuerdo esos eternos tres días que los dueños de Wallmart, Cencosud y SMU nunca deberán pasar. No habrá cierre de locales, no habrá carteles afuera de sus hipermercados, ni candados de seguridad que impedirán levantar las cortinas. Porque, tal como me lo dijo mi abuela jugando carioca un triste día de 1996, en Chile siempre pagan los mismos.

Mi abuela hoy, a sus 80 años, tiene poco y nada de memoria. Sus días los pasa rodeada de amor, pero ya no puede atender el negocio. A veces pienso que ésa no es vida. Pero otras, como hoy, pienso que es mejor que no recuerde, que esa memoria dolorosa que tantos deben cargar en Chile esté vacía de historias de penas amargas.

A veces agradezco que no pueda ver cómo siguen abiertas las cortinas de los que han saqueado a Chile una y otra vez, para que atiendan a sus anchas y armen y desarmen a su antojo, mientras los demás siguen esperando que pasen los días de dolor, de oscuridad y de humillación.

por Víctor Bascur
  • Loló

    Buenísimo.