bailar-con-el-cerebro

Sabes que la música es buena cuando no puedes evitar moverte, cuando llevar el ritmo con el pie es irresistible y, no te diste cuenta, pero con los dedos percutes el escritorio. Si no te estuvieran viendo, te pondrías a bailar en la oficina y en la sala de espera, pero cuando en la penumbra del living suena la música, te desquitas. Y si el fin de semana te invitan a un matrimonio, lo dejarás todo en la pista; porque si hay algo mejor que bailar buena música, es bailar acompañado.

Cada vez que el bombo marca el acento del ritmo, en tu cerebro hay registro sensorial del golpe. Y también de la caja y del hi-hat, del aplauso que suena en los tiempos pares de cada compás. Después de unas pocas vueltas, tu cerebro captó no sólo el tempo exacto (esos 100 bpm de “Lose yourself to dance” que vas marcando con el cerebro y, luego, con el pie), sino que también el ritmo y los patrones que se repiten. Y sobre todo los silencios: en esos vacíos poderosos donde se suponía que sonaba un golpe fuerte y no hubo nada, tu cerebro se fija y muestra sorpresa con un notorio cambio eléctrico de polaridad negativa (que se puede detectar en un electroencefalograma), lo que los neurocientíficos llamamos un evento de mismatch negativity (MMN).

Es posible que esta capacidad de predicción del ritmo, única en la naturaleza, sea una innovación de nuestra biología para favorecer la comunidad.

Después de analizar eventos de MMN en diferentes estilos musicales –del hip-hop más regular al jazz más sincopado e impredecible–, hemos entendido que el cerebro humano está permanentemente tratando de adelantarse a lo que pasa en el ritmo y detectar sus patrones. Nuestro cerebro aprende el ritmo y, al oír cómo esa predicción calza con los golpes y silencios, experimentamos placer.

De hecho, algunas áreas del cerebro relacionadas con la predicción de error y con los circuitos de recompensa, como el núcleo estriado ventral y la corteza orbitofrontal, se activan de manera más significativa mientras más disfrutamos la música. Y cuando marcamos esas predicciones con movimientos sincronizados con el ritmo, aun mayor es nuestro gozo. Es posible que esta capacidad de predicción del ritmo, única en la naturaleza, sea una innovación de nuestra biología para favorecer la comunidad: una especie de antesala del lenguaje o un lenguaje paralelo en el que pudiéramos participar de una creación común, percutir y bailar juntos en torno a los primeros fuegos de la humanidad.

Cuando esos ritmos mágicos e irresistibles de 100-120 beats por minuto suenan en una sala llena de gente, y empezamos a marcar nuestras predicciones sonoras con movimientos de piernas y brazos, algo profundamente antiguo y placentero ocurre en nosotros. Y cuando vemos cómo los otros marcan también sus predicciones de manera perfectamente sincronizada con nosotros, cuando asistimos al movimiento coreográfico de un grupo que levanta los brazos al mismo tiempo, aplaude o salta, algo indescriptible se dispara en nuestro sistema espejo: el placer de la empatía.

Es esa música, la que se aplaude, salta y combina golpes y silencios regulares; la que seduce con un ritmo repetido como un mantra, pero es capaz de sorprendernos con un silencio notorio o con un golpe sincopado; la que maneja las intensidades… ésa es la música irresistible de bailar. Esa música que ya no es solamente la vibración ordenada del aire, ya no es sólo una resonancia de ciertas frecuencias armónicas. Esa música es el baile de un centenar de cerebros sincronizados, oscilando en los mismos trenes de placer y de comunidad. Porque bailar es eso: la imposibilidad de quedarse fuera.

Referencias:

– Sacks, O. (2006). “The power of music”. Brain 129, 2528-2532.
– Fitch, WT. (2013). “Rhythmic cognition in human and animals: distinguishing meter and pulse
perception”. Frontiers in Systems Neuroscience 7, 68.
– Patel, AD. (2014). “The evolutionary biology of human rhythm: was Darwin wrong?”. PLoS Biology 12(3): e1001821.
– Krakauer, J. (2008). “Why do we like to dance—and move to the beat?”. Scientific American.

por Oscar M. Lazo