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Parados en la esquina de Karl Marx Alle y Frida Kahlo Straße, intentamos decidir entre electrónica, trance, hip hop, cumbia, teatro o cine. Un tipo con cabeza de jirafa se acerca bailando, nos regala una flor y, a la vez, levanta un cartel donde se lee: “Por fin gente normal”.

Termina junio y el verano llega tímido al norte de Alemania.  Más de setenta mil personas son las que se reúnen en el ya mítico Fusion Festival. Afortunados que, en diciembre pasado, ganamos en una lotería la posibilidad de comprar un pase a los “cuatro días de vacaciones comunistas”, que ofrece el slogan. Espacio de camping y pase a todos los espectáculos, por la módica suma de 70 euros.

Viejos, jóvenes y niños cuentan entre los “fusionistas” que aterrizan en la que fuera una base aérea de la ex URSS, en Lärz, a 160 kilómetros de Berlín. Cada último fin de semana junio, desde hace diecisiete años, los antiguos hangares reencarnan en pistas de baile y las casi cien hectáreas cobijan a más de veinte escenarios que dan luz a todo tipo de expresiones musicales, teatro, performance, cine, danza e instalaciones. Todas las provisiones pasan el control. Lo único prohibido aquí son los nazis, racistas y sexistas.

El concepto es claro y celosamente defendido: un mundo apartado del sistema en el que nos ha tocado vivir, ensayando una sociedad paralela. Una demostración de respeto por las libertades personales. Un ritual por la tolerancia y la paz.

Después de bailar horas con el hombre jirafa, trepamos a uno de los árboles-lounge. Desde la altura, vimos el suelo florecer en todos los colores imaginables. Cabezas blancas, rojas, amarillas, orejas de conejo rosadas y paraguas subían y bajaban conejo rosadas y paraguas subían y bajaban al son de los beats. En las perillas y cuerdas se cuentan, entre otros, Monkey Zafari, Commander Love, Dj Amiguito, Drumbule y Dj Tasmo. Como dato, decir que Calle 13 estuvo en la versión de 2011.

No hay guardias de seguridad, ni policía. Sólo personas como uno que trabajan por la mitad de su ticket de vuelta, en pos de mantener la armonía. Y uno se sorprende de que no pase nada más que pura alegría. El secreto es fundamental antes, durante y después de la ceremonia. El line-up no se conoce hasta que parte el cohete. Fusion Festival no tiene auspiciadores, ni publicidad. No vende Coca-Cola ni carne. De hecho, la organización no alienta que piezas como éstas sean publicadas. Ni fotos. Ni videos. Pero es casi inevitable:

Cada vuelta deja algo: lámparas gigantes, amebas neón en el cielo, osos panda con gafas de sol, llamaradas de fuego, circo con y sin carpa y los traseros de mujeres que orinan de pie, ayudadas por la Fusionella, una “nariz” de cartón que recibimos las chicas al llegar. La igualdad se intenta de todas formas.

Los pies arden, la cabeza está que se pellizca para comprobar la realidad y, para conservar el espíritu, muchos detalles están archivados en un lugar de la memoria de difícil acceso. Es lunes y levantamos el campamento. Llevamos nuestra basura al punto de recolección. A cambio, recibimos 10 euros. Volvemos a casa cansados, añorando la cama y la ducha, aunque también barajando una vez más esa vieja idea de cambiar el mundo.

por Daniela Acosta