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Una mañana vi a Iggy Pop en una calle de Berlín. Y, aunque como ya se dijo en otra columna por acá, esta ciudad está llena de fantasmas, estoy segura de que era él.
Mientras espero encontrarme también con David Bowie, me contento con la exposición que trae al camaleón de vuelta a donde confiesa haber pasado los años más felices de su vida. Entre el 20 de mayo y el 10 de agosto, en el Martin Groupious Bau.

David Bowie aún no está

Son más de 300 objetos, videos, multimedia, fotos, escritos y cachureos varios, que lo narran de nacimiento a renacimiento. El hecho de que Bowie aún viva, inquieta: pareciera que sólo un muerto tiene tanto que mostrar. Las primeras puertas de su vida las encontramos cerradas. Al mirar por los ojos mágicos, se ven momentos de su vida temprana reflejados en misteriosas holografías. El que pestañea, pierde.

El adolescente David Robert Jones ama los western. Su nuevo apellido lo tomará en 1965 de la película “The Alamo”, donde el héroe usaba un cuchillo marca “Bowie”. Así también se diferenciará de Davy Jones, de The Monkees.

David Bowie está flotando de manera particular

“Usted no es monje. Es artista”, le dijeron en el monasterio Zen donde encontró a Dios. Obedeció, se dejó melena y empezó a dar que hablar. Suena “I can help to think about me“, primer single “legal”, y uno baila frente a las fotos de un joven Bowie con sus primeras bandas: David Jones & The Kings Bees, One Man Revolution y The Korn-Rads.

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“Viví tanto en mi imaginación, que fue realmente difícil convertirme en un animal social”. Hasta que “2001, Odisea del espacio” lo saca de órbita. Extremos el viaje y la vuelta, bajo la influencia del escritor J.G. Ballard, inducen el nacimiento de Ziggy Stardust, un “astronauta del espacio interior”.

Con “Space Oddity” partimos en un viaje sensorial, de la imaginación a la imagen. Sin el audioguide (¡gratis!) sería imposible. “El planeta Tierra es azul y no hay nada que yo pueda hacer”. Redención y generosidad: sólo así se logran sincronías tales como que el single se lanzara un par de meses antes que el Apollo 11.

De vuelta en la Tierra, el Starman nos apunta con el dedo: “Tenía que llamar a alguien por teléfono, así que te elegí a ti”. Desde el set de los “Top of the Pops” del ‘72, disparado nuevamente a la estratósfera. Euforia causaría la androginia y el misterio de Ziggy.

Pasarela

La apertura y ambigüedad de su obra le permitieron transformarse en distintas “personas”, cuyos atuendos son considerados piezas claves de la moda. Un desfile de modas inmóvil llega desde un futuro que ya fue: el Duque Blanco, Ice Blue para Life on Mars, Ashes to Ashes, todos los Ziggy diseñados por Freddie Burretti, la chaqueta Union Jack de Alexander McQueen, el Tokyo Pop, traje de vinilo para Aladin Sanne. Mientras tanto, las paredes se convierten en pantallas gigantes con imágenes de recitales históricos, y seguimos bailando.

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Héroe

L.A 1976. Borrado por la cocaína, decide sanarse en Berlín. Sí, en Berlín y con Iggy Pop. Domicilio compartido: Haupstraße 155. La sección berlinesa se abre con la llave de esa casa. Su intención era pintar, así que retrata a personas y cosas. Se fascina con el cabaret, vive casi anónimamente. Brian Eno y Tino Visconti son sus amigos. Actúa en un par de películas y se manda cartas con Marlene Dietrich. Cumple 30 y renace con la trilogía de Berlin: “Low”, “Heroes” y “Lodge”. Por esos años, ciertos demonios huían de la cuidad dividida.

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Bowie se adueñó de casi todo lo que tenía a su alcance para crear realidades, influenciando, provocando y generando discusiones más allá de lo artístico.

A estas alturas, en que los trajes están casi colgados, sigo esperanzada en encontrármelo y preguntarle cómo salvarse en esta ciudad, que ya no es la misma: él, experto en cambios, seguro sabrá responder.

por Daniela Acosta
  • Jorge Saavedra

    Como suele ocurrir o llegó muy temprano o tarde a algunas
    cosas y recién leo este artículo sobre Bowie. Y no tengo duda en afirmar que,
    por esos años, Bowie no era tal. No era un simple cantante, ni un intérprete
    más. Quizás todo vaya por el lado de efectuar un análisis profuso y racional,
    pero él cayó en un estado creativo de
    gracia inusual. Eso porque en sus melodías hay muchísimos de momentos epifánicos,
    de leer subtextos que a primera vista son sinsentidos. O de aventurarse hacia
    lo que no está a la mano, al cuestionamiento de lo que está pasando alrededor,
    pero no con el lenguaje de los otros. Sino más bien, con crear un alter ego que
    sólo proyectaba una hipersensibilidad poco tolerable hacia lo masivo.

    Ziggy es un ser intergaláctico y pleno, libre por esencia,
    que recibió el “pago de Chile” por denominarlo de algún modo, lo que no fue
    capaz de tolerar. Y se fue, a su estilo, a su antojo. A su ritmo. Dejándonos
    mucho más que un puñado de buenas canciones.

    Y claro seguramente estas palabras ya pasarán
    desapercibidas, pero que importa. Bowie de aquellos años, merece numerosas más
    frases de cuestionamiento y referencias. Aunque las que deberían de prevalecer son las
    de alegría, al dejarnos conocer un concepto artístico tan elevado y contenedor,
    a la vez.