Formas de mirar la muerte, hay varias. Por cierto, las que suelen primar son las de tono solemne, en un continuo que va desde la nostalgia y el desconsuelo, hasta las proclamaciones de grandeza e irreparable pérdida. También están los aires de despedida, el epílogo de una vida como momento de repasar lo bueno y lo malo, las cosas de las cuales arrepentirse y de las que no, si hablamos en primera persona. En la música, un buen ejemplo de esto es el que nos dio Johnny Cash con su último aliento, en ese sentido cover de “Hurt” (Nine Inch Nails).

Sin embargo, también hay caminos totalmente alejados de ésos, y son los que decidió transitar David Bowie en su sorpresiva e impactante derrota ante el cáncer, tras 18 meses de silenciosa batalla. Así, y a sabiendas de que la muerte lo estaba rondando, el británico optó por mirarla de frente con sus elementos menos luminosos, ésos que los seres comunes y corrientes tratamos de esconder y negar. Porque, dejando de lado las convenciones sociales, la muerte es también algo feo, lúgubre, misterioso, tétrico, retorcido, sombrío, incierto. Un momento de transición hacia un lugar que probablemente no sea paradisiaco, sino la nada misma, tal vez, o la más radical extinción.

David Robert Jones no era exactamente un humano, sino una Araña de Marte, quizás, o Ziggy Stardust, el Duque Blanco, Aladdin Sane o ese camaleón con el que la prensa siempre lo identificó.

Todas esas miradas son las que están presentes en el disco “Blackstar”, la placa que el multifacético artista había lanzado recién el viernes 8 de enero, el mismo día en que cumplió 69 años, y 48 horas antes de dejar físicamente este mundo. Un álbum que hoy adquiere nuevas lecturas y que se vuelve póstumo, no por un asunto temporal, sino por determinación del autor: fue Bowie quien decidió hablarnos desde su muerte, establecer el diseño que tendría su propia partida. Sin dudas, un encuadre que requiere de nervio, coraje y estómago, en niveles que muy pocos pueden exhibir. Bowie los tuvo, y a esta hora queda en claro que al servicio del bien superior que persiguió en su vida, y al que la muerte hoy no queda más que supeditada: el Arte (así, con mayúsculas).

Tony Visconti, su compinche y colaborador en discos como la inmortal trilogía de Berlín y el propio “Blackstar”, lo dijo de ese modo: “Su muerte no fue diferente al resto de su vida, una obra de arte”. Una pieza superior, sin concesiones, de la mano de un Bowie que talla el mármol con sus miedos y sus vísceras, para recordarnos que la estética no tiene que ver sólo con lo brillante y lo hermoso, sino también con las caras que queremos evitar.

A todas luces, un acto supremo para quien se encuentra en semejante trance, y que viene a ratificar el mito que en torno al británico se tejió por cerca de cinco décadas: que David Robert Jones no era exactamente un humano, sino una Araña de Marte, quizás, o Ziggy Stardust, el Duque Blanco, Aladdin Sane o ese camaleón con el que la prensa siempre lo identificó. En fin, un Hombre de las Estrellas, ahora de vuelta en un firmamento tan enorme como estrecho. Una galaxia que todo lo cubre, pero a la que sólo tienen acceso los más grandes de todos los tiempos.

por Sebastián Cerda