el-artista-conocido-como-prince

La secuencia es de no creerlo. Las expresiones “Prince”, “muerte” y “57 años” aparecen unidas en una misma frase, mientras medios del mundo y tuits frenéticos citan como fuente a TMZ, el más reconocido medio de habladurías estadounidense, pero también el mismo que anunció el inesperado deceso de Michael Jackson, hace casi siete años.

Una leve esperanza quiere instalarse en el fuero interno de quienes se niegan a darse por aludidos, pero ese lugar es ahora una pista recubierta por el hielo, en la que los aviones de las buenas noticias simplemente no pueden aterrizar, aunque lo intenten. La sentencia es nítida: “Fue encontrado muerto en su casa”. ¿Existirá forma más fría y cruel de enterarse de la partida de una estrella admirada?

Ésas fueron las sensaciones que en la tarde del jueves 21 de abril debieron haber inundado a millones de seguidores de Prince, uno de los hombres más determinantes en el R&B contemporáneo, género que hoy goza de tal hegemonía que, a estas alturas, es como hablar del pop en toda su extensión.

Ahí está Chromeo, por ejemplo, regalones de la escena indie actual, etiquetados como “electrónica” en las estanterías virtuales de las plataformas de música, pero deudores nítidos del funk ochentero que Prince patentó y que algunos conocieron como “el sonido Minneapolis”. Ese mismo con el que, en esa década, luego hicieron fama y fortuna nombres como DeBarge, Ready for the World y Rockwell, y al que incluso se plegaron escuelas como The Temptations y Kool & The Gang.

Algunos de ellos podrán sonar a arcaísmo puro para un lector de la nueva generación, pero no se preocupen: todos pasan regularmente colados en el setlist de un matrimonio chileno promedio, por ejemplo. Hasta allí se expanden los tentáculos del imperio Prince.

Y ni hablar del presente. No sólo el sonido de estrellas como Justin Timberlake y Bruno Mars remite al hombre de “When doves cry” (ese tema que sampleó MC Hammer), sino además sus movimientos, por mucho que en ambas materias siempre se suela aludir primero a la herencia de Michael Jackson.

Es algo que solía pasarle a Prince, y hoy de su relación con el intérprete de “Thriller” hay más dudas que certezas. Lo claro es que uno apostó todo a la popularidad, y el otro buscó redoblar las dosis de influencia. Uno escaló hasta la categoría de Rey, y el otro es Príncipe desde su mismísimo nacimiento. Prince Rogers Nelson –para ser precisos– dice su partida de 1958, mismo año que figura en la de su par.

Prince y punto

“Prince fue encontrado muerto en su casa”, dicen las crónicas. Su cuerpo aún está tibio, la incredulidad se resiste al retiro y las heridas siguen abiertas en sus seguidores de todo el orbe.

Tenía apenas 57 años, edad que a estas alturas es capaz de hacer brotar olor a leche entre las leyendas del rock. Y él mismo se encargaba de levantar su figura como una estatua que no sabía del tiempo, gracias a ropas ajustadas, una melena afro y unas enormes gafas que solían acompañar a la mayoría de sus apariciones públicas.

Su música, en tanto, sí supo de mayores vaivenes, aunque afortunadamente mantuvo la consistencia por extensos períodos. Como en el despegue y durante todos los ‘80, a ritmo frenético de un disco por año, incluyendo los avasalladores “Dirty Mind” (1980), “Controversy” (1981) y, sobre todo, “1999” (1982), de donde emana el éxito del mismo nombre, ése que –dicen– luego plagió Phil Collins en “Sussudio”.

Sólo 1983 figura en blanco en ese período, pero tras “Purple Rain” (1984) canjea el tiempo invertido por un Oscar, gracias a una cinta llamada igual que ese disco, y que fue una de sus pocas aventuras cinematográficas de las que salió bien parado.

Desde entonces, el ritmo de disco-por-año lo retoma hasta 1992, cuando su obra comienza a tambalear entre la grandilocuencia, la autocomplacencia y los líos, sobre todo el que emprendió con Warner, su sello, y que terminó con Prince transformado en un símbolo impronunciable.

Fue su forma de joder al que lo jodiera, de salirse con la suya. “A ver cómo vendes esto”, pareciera decir esa mezcla entre el signo masculino y femenino, coherente fusión para quien siempre jugó con la ambigüedad y la sexualidad, y que luego imprimiría hasta en su propia guitarra.

Una que, por cierto, también lo llenó de reconocimientos. Decía que dominaba una treintena de instrumentos, pero eso no es más que un dato para la trivia. Porque el nombre de Prince está estrechamente ligado a las seis cuerdas, y no hay ranking de revistas en que el llamado “genio de Minneapolis” no figure en ese apartado. Si hasta Eric Clapton (¡Eric Clapton!) llegó a calificarlo como el número uno.

Su sello en esas lides era el mismo que expelía toda su estética: moreno, ágil, elegante, cachondo. Porque la alcoba era inspiración directa para Prince, y emblemas del pop como “Kiss” y “Cream” son capaces de ponerlo a pelear palmo a palmo en este apartado con portentos como Barry White y Serge Gainsbourg.

“The most beautiful girl in the world”, en tanto, uno de sus últimos hits planetarios, da cuenta por sí solo del amplísimo registro y la dotada garganta del cantante, yendo de falsetes de agudeza extrema a tonalidades marcadamente graves.

Para entonces ya andaba con aquello de “El Artista Antes Conocido Como Prince”, “El Artista” a secas o, peor aun, la sigla en inglés TAFKAP (The Artist Formerly Known As Prince). Pero en este siglo decidió retomar su identidad, abriendo de paso la única lectura admisible para el trance que vivimos hoy: finalmente, si Prince no pudo matar a Prince, no esperemos que la muerte vaya a cumplir con tan improbable empresa.

por Sebastián Cerda