el-cerebro-de-cerati

Aburrido de que todos citen a Cerati, diciendo “Gracias, totales”, quiero tratar de entender qué pasó. Pienso que no es posible resignarse y dejar partir, cuando todavía no hemos entendido, cuando todavía no podemos sobreponernos ni a la perplejidad. A mediados de mayo de 2010, el argentino daba un concierto en Venezuela sobre la cancha de la Universidad Simón Bolivar. No sabemos si fue un show normal, si es que existió algo así para Gustavo Cerati. El vértigo del escenario y el consumo de drogas hacían de cada experiencia algo ciertamente único; pero además, si Cerati por algo destacaba –incluso más que por su faceta experimental y desvergonzada–, fue por ser un tipo obsesivo. Habría podido dar un concierto perfecto solamente con el talento de su cerebelo.

Salió de escena confundido, cuando trató de caminar se tambaleó hacia la derecha y tenía la mano de ese lado entumecida, rígida. Los roadies se miraron un poco asustados y le preguntaron varias veces si le pasaba algo. Luego de un rato, Cerati solamente hacía sonidos guturales y no cupo duda de que esto era grave: había que llevarlo al hospital inmediatamente.

De sus cincuenta años, llevaba unos treinta de puchos e innumerables botellas de ferné. Hubo épocas en que se hubiera jalado lo que fuera, pero en el  último tiempo sus amigos prácticamente le exigían que se fijara en drogarse bien. Su cuerpo lo toleraba todo. Siempre fue un flaco de buena salud y con un corazón tremendo, herencia de sus años de atleta escolar. Quizás hacía poco, ese corazón había empezado a hacer algunas arritmias. Nada serio. Pero esa noche, el flujo turbulento en una de las salidas de su corazón, generó un pequeño agregado de plaquetas que creció un poco, mientras avanzaba por la carótida hacia arriba.

Tal como le ocurre a muchos, el trombo subió sin escándalo hacia la circulación de la cabeza, hasta que una bifurcación de la arteria cerebral medial fue demasiado pequeña para dejarlo pasar, y el trombo quedó ahí, atascado. Una porción enorme en la zona frontal izquierda del cerebro de Gustavo Cerati había quedado sin flujo sanguíneo, produciendo un rápido daño en las neuronas, que no contaban con oxígeno y combustible suficiente. Algunas de esas neuronas participaban de circuitos sensoriales y organizaban el movimiento del lado derecho.

Gustavo se tambaleó y sintió que su mano se tensaba sin control. Unos centímetros más adelante, empezaban a dañarse neuronas que participan de los circuitos de elaboración del lenguaje, y su voz se volvió una especie de gruñido incomprensible. Mientras se lo llevaban al hospital, las neuronas muertas liberaron su contenido, incluyendo neurotransmisores que sobreactivaron a las neuronas vecinas y enzimas que degradaron parte del tejido que mantiene al cerebro como un compartimiento aislado. El daño siguió extendiéndose durante esos minutos y todavía por varias horas.

Siempre fue un flaco de buena salud y con un corazón tremendo, herencia de sus años de atleta escolar. Quizás hacía poco, ese corazón había empezado a hacer algunas arritmias. Nada serio.

Ya en el hospital, nadie sabía mucho qué pasaba. Los médicos caraqueños ordenaron una tomografía axial computarizada (TAC), para ver de qué se trataba. Confirmado el infarto cerebral, rápidamente le inyectaron anticoagulantes, pero para entonces buena parte de la corteza frontal y parietal izquierda de Cerati ya se había dañado por completo. Probablemente no volvería a hablar, cambiarían varios aspectos de su conducta y difícilmente recuperaría la motricidad de la mano derecha. Pero lo más grave es que el daño del tejido permitió que las células con las que el cuerpo realiza funciones defensivas y reparatorias (las células del sistema inmune), empezaran a infiltrar masivamente el cerebro de Gustavo, generando una potente reacción de inflamación y acumulación de líquido.

Como el cráneo es un espacio rígido, la presión sobre el cerebro de Cerati empezó a elevarse rápidamente, comprimiendo el tejido y lesionando áreas que se ubican en zonas más estrechas, cerca de la base del cerebro. Mientras los médicos abrían parte del cráneo e instalaban drenajes para disminuir la presión, se dañaba irreparablemente parte del tronco encefálico. Al mismo tiempo, decidieron inducirle un estado de coma para tratar de disminuir la velocidad de la inflamación y evitar mayores daños. Lo que en ese momento no sabían era que la lesión del troncoencéfalo había dañado parte de la formación reticular, haciendo prácticamente imposible que Cerati volviera a despertar completamente de ese coma.

Pese a lo grave de su estado, en los cuatro años siguientes Gustavo Cerati mejoró muchísimo. Aparentemente, tuvo períodos en que despertó de manera parcial y respondió a algunos estímulos del medio. Movía una mano al contacto con la de su madre, Lilian. Y algunos amigos lo vieron mover los labios, cuando le cantaban sus propias canciones. Es posible que no haya estado todo este tiempo en coma, sino alternando con un estado de mínima conciencia, pero siempre vivo y con experiencias únicas. Quizás hasta soñó; no lo sabemos.

Es difícil entender exactamente el grado de conciencia que tuvo durante estos cuatro años. No tenemos tecnología suficiente como para analizar de manera segura y detallada la actividad cerebral profunda, y mucho menos para interpretar con certeza qué significa. Lo cierto es que su corazón se mantuvo firme y no siempre requirió asistencia respiratoria, aunque sus órganos se fueron deteriorando de manera inevitable como consecuencia de la inmovilidad.

El 4 de septiembre de este año, menos de un mes después de su cumpleaños 55, sus órganos respiratorios ya no aguantaron más, a pesar de la asistencia. Hizo un paro cardiorespiratorio que disipó por completo la organización de la actividad de su cerebro. En ese momento, sólo entonces, Cerati dejó completamente de ser él mismo. Todas las células de su cuerpo siguieron vivas todavía por varias horas, pero la lógica interna de su cerebro –esa que había sobrevivido a un tremendo accidente cerebrovascular hacía cuatro años– ahora sí se disipó. Y eso es lo que llamamos “morir”.

Así que ésta es la historia de cómo murió Gustavo Cerati. Al menos hasta que vuelva a sonar uno de esos discos que reorganiza nuestro propio cerebro, como una extensión del suyo. Y quién sabe si esa es una manera sutil –pero eficaz– de seguir vivo.

por Oscar M. Lazo
  • Gabriel Helders

    Imposible no leer el artículo sin los énfasis y las pausas propias de una clase del profe Óscar… Notable artículo!

    • Ps. Patricio Quiroga

      Te quedó bueno el artículo. Bien claro desde lo neuro y con la buena pluma de siempre.
      Me quedo con que fue alguien que dejó algo en el mundo y -ese algo- es algo bueno… Y con la duda razonable de que los alcances de un cerebro funcionando no necesariamente se condicen con la lógica irrefutable de los aportes tecnológico-científicos. Este espacio especulativo es lo que -además- fue capaz de dejarles a ustedes.

      Gracias por el texto.

      Abrazo.

  • Juan C Araya

    Oscar, cuando uno lee esto , da gracias de no saber de medicina, nuestro cuerpo es una máquina misteriosa, más para los que no nos movemos en los ámbitos de la biología, felicitaciones por él está realizado para los legos como yo.

  • Guille Arancibia

    Hace un tiempo me explicaron la muerte de mi padre en términos médicos y la verdad lo agradecí; uno empieza a tomar el tema de una manera que permite…como decirlo….permite “abrazarlo”, no se si logro explicarme; un asunto como la muerte de alguien que uno ama no se entiende ni se acepta, se “abraza” y con ello mezcla lo racional con el afecto roto.

    Gracias. A muchos servirá este texto.