02. El club de la música americana

La primera vez que escribí de música fue de “American Music Club”, en los tiempos de la Extravaganza en blanco y negro estilo diario. Tiempos donde importaba más tratar de explicar un disco que tener que resumirlo. Antes de que las marcas se apoderaran de todo y de que Passalacqua resumiera una crítica con estrellitas.

Y esa vez, los primeros dos párrafos empezaban así:

Escuchar a Mark Eitzel susurrarte al oído sus historias de amores inválidos y destruidos, es llegar donde las teleseries y las tarjetas postales no pueden hacerlo. Es mirar el fondo de un vaso tratando de olvidar, darte cuenta de que sólo queda la saliva amarillenta y que el hueón de la mesa del lado se tire tres mil frases mejores que las que le escuchaste a Bukowski en tu adolescencia.

Escuchar a Eitzel es parecido a darte vuelta la piel y que todo lo que te toque te duela. Es como cuando tu amigo de la infancia, proyecto futuro de Hannibal Lecter, te tiraba alcohol en una herida diciendo: “Pero si es por tu bien, ya verás, ya verás, ya verás”.

Y llegamos al presente, lo volvemos a escuchar con su disco nuevo y sabemos que, aunque hayan pasado mil años, sigue mandándote al recuerdo de tu adolescencia. Ese cuando no tenías todo de tu lado y te sentabas en el fondo de los cines, en el fondo de los bares, en el fondo de las salas de clases.

Si pusiéramos a cualquiera de los llamados “cantantes románticos” a componer una canción de amor como las suyas, seguramente sería una colección de clichés estúpidos y repetidos que llenaría las disquerías y las radios, pero que al poco tiempo se olvidaría con la próxima canción de moda. Sus canciones son como esas fotos que te sacaron, pediste que borraran y viste diez años después con rabia y agradecimiento.

Los personajes de Eitzel son como los amigos que nunca tuviste o que nunca te dijeron frases como “Ahora me fui y nada podrá durar, a menos que te ame cada vez más” (Fearless) o “Ayúdame, ya nada me hace reír, ya nada me hace llorar”(Can you help me).

Los amigos pueden irse o perderse con los años. Las mujeres pueden ir y venir. La alegría puede ser más falsa y efímera que un polvo de película porno. La tristeza a veces puede olvidarse con trabajo, televisión o lo que sea, pero la soledad es ésa que nos llama sin pedirnos permiso.

Cuando los amigos desaparecen. Cuando las mujeres parecen haber sido tragadas por la tierra. Cuando la alegría y la risa se transforman en una caricatura de circo de lo que somos, la soledad es la única que nos queda y acompaña, aunque no la hayamos invitado.

Las canciones de Eitzel son una mezcla única entre imágenes sacadas de un cine en blanco y negro, de salas de barrio y de literatura sobre puros Bartlebys, y los que pudiendo serlo, no lo fueron.

Es admirador de Cassavetes y lo acusan de robarle palabras a Bukowski. Se declara influenciado absolutamente por N. Drake, Westerberg y Dylan y, si se siente en confianza, empiezan a salir Codeine, V. Chesnutt, Palace Brothers, Jack Logan y Stereolab. “American Music Club” puede destrozarte, pero jamás va a dejarte solo.

Perdón, Eitzel, por no haber escrito de ti en la primera columna. Tu disco nuevo –llamado “Don´t be a stranger”– es lo mejor que has hecho en años, querido amigo.

por Pablo Rosenzvaig
  • esteban

    zzzzzzzzz

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    jajaja