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“Colección particular” (Libros del Laurel, 2015), la primera novela de Gonzalo Eltesch, es de esas lecturas que no quieres que se acaben. A veces, cuando estoy a punto de terminar un buen libro, de ésos que te tocan la fibra, me pongo a hacer cualquier otra cosa para alargar ese minuto de despedida. Porque me da pena no ser más parte de ese mundo, de esa historia que se transforma en algo tan propio para uno, como lector. Me asusta que la próxima no produzca el mismo efecto. Cuando hablo de pena y susto, es en serio.

En esta novela, de 131 página, cuyos capítulos no exceden la plana, se desdibuja de manera fragmentada, pero a la vez elegantemente coherente, la historia de un joven porteño del mismo nombre del autor, su padre anticuario y una madre de amor incondicional, que se lo lleva a Santiago tras el divorcio, donde se ve obligado a convivir en un ambiente familiar hostil, incluyendo personajes complejos e inasibles, como su abuela, su novia o la chica que le gusta.

En este relato de autoficción, el autor va también trazando el mapa del corazón de Valparaíso, al mismo tiempo que va tratando de capturar sus memorias, para comenzar de una vez a trazarse, quizás, a sí mismo.

En este relato de autoficción, el autor va también trazando el mapa del corazón de Valparaíso, al mismo tiempo que va tratando de capturar sus memorias, para comenzar de una vez a trazarse, quizás, a sí mismo.

“Al fondo del local se encontraba el escritorio en el que estaba mi padre, y detrás y encima de él, se podía leer en un cartel de fierro enlozado: ‘Colección particular’. A su espalda, se encontraba la mentada colección (…). En ese rincón nada se podía tocar, ni vender. Nunca.”, cuenta el protagonista acerca de la tienda de antigüedades de su padre en Valparaíso.

Es así que Gonzalo Eltesch (protagonista o autor; la gracia de la autoficción es que nunca se sabe dónde empieza uno y cuándo toma lugar el otro), trasforma esta novela, este “recuento” de recuerdos, en su propia colección particular, ésa que no se tranza, que es tesoro.

Leyendo alguna de las cosas que se han dicho de esta novela, me encontré con comentarios buenos, pero también muchos que ahondaban en tecnicismos; en que si cabe o no dentro de la llamada “literatura de los hijos”, correspondiente a la generación postdictadura que, según dicen, se caracteriza por una desconfianza hacia la ficción. Personalmente, me resto de esos análisis y me quedo con que uno se encuentra con un relato donde hay verdad (más allá de si es real o no) y belleza.

También, de esta novela, me quedo con lo que dijo Gonzalo Eltesch en una entrevista a la Revista Lecturas, cuando le preguntaron qué lugar ocupa este libro en su proyecto literario. “Es un inicio. Es encontrar una voz literaria que me haga sentido y poder continuarla y evolucionar con ella”, respondió. Y sí que es un buen inicio.

Puedes leer más textos de la autora en Mente Frappé.

por Daniela Salas