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A Alan Peña, de 13 años, lo mataron bajo la excusa de “la justicia no funciona, así que la tomamos por nuestras manos”. Lo acusaron de un abuso sexual que no fue tal, lo torturaron por doce horas, le cortaron la mejilla, lo dejaron desangrarse, lo asfixiaron con una bolsa, le dieron golpes de puños, patadas y objetos contundentes, lo amordazaron y lo volvieron a asfixiar sobre el colchón viejo y húmedo en el que dormía en una mediagua, hasta que su cuerpo ya no pudo más. Murió el 12 de diciembre.

“Su pecado fue la pobreza”, dice un crudo reportaje de Roberto Farías en la Revista Paula, que se titula “El sabor a sangre de las cerezas”, publicado entre Navidad y Año Nuevo, fechas de alegrías y abundancia que, para Alan, apodado “Calendario”, no representaba ninguna diferencia con su vida triste en el centro del Sename o tratando de ganar algunos pesos vendiendo calendarios en las micros.

Escribo sobre Alan porque vi en televisión una protesta desenfrenada por un perro muerto a palos por una mujer en Recoleta, que hoy sólo arriesga una multa municipal. ¿Cuánto vale matar a un perro en Chile? Deme siete.

Nos habituamos a la violencia porque la cuidamos más que a nuestros niños y a nuestros quiltros

Lo triste de ambos casos es la soledad de las víctimas. Pequeños quiltros abandonados a su suerte, ejecutados por la supuesta superioridad moral de sus victimarios. Seres indefensos subyugados por entes indecentes e indolentes. Una sociedad que pide “moler a palos a los delincuentes”, “cortarle las manos a los ladrones”, “matar a todos los flaites”.

Nos habituamos a la violencia porque la cuidamos más que a nuestros niños y a nuestros quiltros. La adaptamos a nuestra conveniencia: mis amigos indignados por un carabinero herido, se quedan callados cuando a un niño le disparan, y viceversa. Hay un encadenamiento vicioso del que protege la violencia para que no se le desarme su discurso… y, al final del día, es lo que la perpetúa.

Alan era un ajedrecista innato, recuerda su abuelo. Ganaba partidas a los pocos conocidos que tenía que sabían jugar. Un peón en posición inicial sin ninguna posibilidad de llegar al otro lado del tablero y coronar.

Me hubiese gustado una televisión tan indignada con la muerte de Alan, como la del lunes por la muerte de “Cholito”. Una donde Matías del Río también hubiese parado el noticiero para condenar el hecho y exigir un periodismo serio sobre cómo se trata a los niños quiltros chilenos, condenados por el lugar donde nacen, caricaturizados en televisión por cómo hablan, vilipendiados en redes sociales por cómo visten, amenazados de muerte por “los de raza” por los errores cometidos.

Este martes murió la Coca, la perra quiltra que cuidaba la casa de Ñipas, desde el día en que la adoptaron. Despertó muerta en el lugar donde recibió comida, agua y, sobre todo, amor. ¿Tuvo suerte? Tuvo el estándar, pero en Chile muchas veces el estándar es privilegio. El domingo estuvimos con ella y le hicimos mucho cariño. Todavía tengo la pierna herida de un rasguño que me pasó a dejar. Alan no tuvo el estándar y esa herida nos debe doler. Ojalá que nos duela.

por Víctor Bascur