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La historia de la humanidad está tejida por los relatos de muchas vidas que se encuentran y se enredan —se contradicen, se confirman, se corrigen. El sitio que las ideas o las batallas ocupan en la historia, es el de los hombres y mujeres que las encarnaron en sus particulares circunstancias. No existen en ese sentido las guerras o las revoluciones en abstracto. Lo que existen son tipos en desacuerdo a veces mortal, dispuestos a confrontarse con armas o sin ellas; ciudadanos de a pie, devenidos en protagonistas de una epopeya; héroes aplaudidos por la historia o criminales despreciados.

No existe la ilustración o la revolución industrial así nomás; existen los miembros de una élite de carne y hueso que respondió de cierta forma las preguntas centrales de su tiempo. Existe una masa brutalmente humana de obreros, científicos y políticos que contribuyeron a levantar fábricas, procesos de producción a gran escala, ricos que hallaron un modo de multiplicar su capital, opresores y oprimidos con nombre y apellido en medio de todas las contradicciones de la historia.

Y quizás la historia de las ciencias de la mente y el cerebro, más que ninguna otra, sea la historia de un puñado de personajes extraños persiguiéndose unos a otros. Amnésicos, psicópatas, genios y tarados siendo observados por otros hombres y mujeres tan raros como ellos, en una trama llena de coincidencias extraordinarias, cirugías experimentales, accidentes absurdos y obsesiones impostergables. Todo eso tejido por los palillos de una ciencia que, mientras toma distancia y presume de objetiva, es víctima de los mismos mecanismos que descubre. Un cerebro de hombre mirando a otro cerebro de hombre.

El primero hace unos cinco mil años, cuando un hombre que era mezcla de artesano y de mago recibe a los accidentados de una construcción imposible. Levantar una pirámide en medio del desierto es no sólo un desafío para el protoarquitecto y el protoingeniero del antiguo reino egipcio, sino que una oportunidad extensa de recoger información que empieza a ordenar: primero, las lesiones que puedo tratar; por otra parte, las lesiones que puedo contener; y, finalmente, las lesiones que no trataré.

Ordenando los pacientes según el órgano que tenían afectado, pero inevitablemente fascinado por dos de estos cuarenta y ocho lesionados que se habían fracturado el cráneo. Una masa grisácea había salido y en esa estructura gelatinosa parecía haber algo mayor que toda la magia del imperio; parecía contener lo esencial del hombre. Porque sin importar si sus heridas sanaban por completo y el tipo podía volver a ponerse de pie, y ya no trabajar en la construcción, pero digamos cuidar los animales o vigilar el horizonte, el tipo no volvía a ser el mismo. Quedaba mudo, por ejemplo, o convulsionaba cada cierto tiempo, y a veces quizás algo más sutil se transformaba.

¿Qué sería esa sustancia donde residía lo más propio de cada hombre? El escriba trazó cuatro signos en la piedra, que se copió una y otra vez, se custodió generación tras generación y, finalmente, quedó a salvo en un papel escondido bajo la tierra por 32 siglos, hasta que fue hallado en una excavación y se convirtió en la primera pista que tendríamos de ese viejo misterio. Cuatro signos trazados sobre el papiro quirúrgico de Edwin Smith: la palabra cerebro usada por primera vez en la historia de la Humanidad.

Y quizás la historia de las ciencias de la mente y el cerebro, más que ninguna otra, sea la historia de un puñado de personajes extraños persiguiéndose unos a otros.

Pero no siempre fue pérdida. A veces, esas heridas que casi mataron a un hombre y le dejaron la cabeza deforme, le hicieron desplegar un talento extraordinario. Así fue para el joven Cennfaeladh, ese irlandés que recibió un golpe brutal en la batalla de Moira (en el año 636), y fue llevado a una abadía para su larga convalecencia. Los aldeanos pasaron su historia generación tras generación, asombrados por este hombre que había perdido para siempre la capacidad de olvidar. Durante sus largos días de cama, escuchó las lecciones de latín, de derecho y de poesía que se alcanzaban a oir a lo lejos, en ese vecindario donde la suerte hizo coincidir a tres maestros. Y al levantarse, fue sabio, erudito del derecho y revolucionario de la poesía.

Al otro lado del mar y de la historia, el pueblo de Cavendish, Vermont, vio al capataz de una cuadrilla de trabajadores ferroviarios –de nombre Phineas Gage– transformarse de modo muy distinto, cuando el 13 de septiembre de 1848 el chuzo con el que trabajaba le atravesó la cabeza como consecuencia de una explosión accidental. Phineas no solamente sobrevivió al accidente, sino que demostró que una lesión suficientemente localizada en el cerebro podía cambiar aspectos de lo más profundo de la personalidad. Las emociones de Gage dejaron de estar integradas a su racionalidad y a su toma de decisiones; se volvió impredecible y desinhibido, fantasioso y extrañamente cercano a los animales.

¿Siguieron o no siguieron siendo los mismos? Si bien cambiaron para siempre sus destinos, conservaron el recuerdo de su vida anterior intacto, sin cortar el hilo y el flujo que mantiene la biografía siendo una sola. Fueron diferentes, pero de algún modo siempre los mismos. Al contrario de Henry Molaison (conocido como el paciente HM), quien cuando niño tuvo que luchar contra una cada vez más agresiva epilepsia, hasta que a los 27 años el Dr. Scoville lo sometió a una neurocirugía experimental que eliminó ambos lados del hipocampo y algo de los tejidos cerebrales a su alrededor.

Las convulsiones cesaron, pero también el paso del tiempo para HM, quien fue incapaz de consolidar sus recuerdos de ahí en adelante. De algún modo, quedó atrapado en ese 25 de agosto de 1953, con sus recuerdos anteriores intactos y ninguno nuevo. Al menos hasta donde él se daba cuenta, porque lo cierto es que en los 55 años que le quedaban por delante, adquirió sin saberlo muchas habilidades nuevas, uno que otro miedo y quizás unos pocos afectos que no dependían de las zonas afectadas para su consolidación en la memoria. Sin duda, Molaison se extravió en los pasillos del hospital hasta el último día de su vida.

Muchos de estos personajes están entre nosotros, siguen vivos desplegando historias delirantes y, quizás, algunos otros estén comenzando su aventura hoy mismo. Una de esas personas vive en Estados Unidos, se ve como una mujer perfectamente normal, está casada y es madre de tres hijos. Pero muy poca gente puede contar las amenazas de muerte que ella ha recibido: ha sido asaltada con cuchillos, apuntada con revólver, casi asesinada y ha vivido muchas otras situaciones traumáticas. Lo interesante es que, además, nunca, bajo ninguna de sus desafortunadas circunstancias, se ha puesto ansiosa o temerosa. Nunca. La paciente SM no tiene miedo, ni a lo conocido ni a lo desconocido. Y no porque no pueda sentir la emoción —de hecho, se puede imitar la emoción del miedo en ella sofocándola. No siente miedo porque el daño bilateral en la amígdala, generado por una rara enfermedad genética (el mal de Urbach-Wiethe), no le permite recordar ni reconocer las experiencias atemorizantes.

Éstos son algunos de los cerebros en torno a los que hemos tejido la historia de la neurociencia; los protagonistas de nuestras ideas sobre la memoria, las emociones y la inteligencia. Sus vidas son más elocuentes que cualquier artículo indexado y exceden las interpretaciones simplistas que hemos hecho de sus casos. Y es que a veces la ciencia no basta para hacer justicia a la emergente complejidad de la vida concreta; es necesario que vengan también los artistas a expresar lo inenarrable. Los Oliver Sacks, los Alexander Luria, también los Pancho Aravena o las Andrea Slachevsky. He aquí muchas ideas para comenzar a hacer del cerebro, literatura.

por Oscar M. Lazo