01. Himno a los himnos

Esta columna hablará de música de la misma manera que a veces la música habla de uno. Se tratará de discos a los que les hicieron bullying cuando estaban en el kinder, y volvieron ya más grandes a sacarte la cresta.

Los discos de los que escribiré no tienen más verdad que su repetición en mi cabeza, por lo que esta columna no espera afirmar nada más que lo que éstos me siguen diciendo a mí. Son esas canciones que no entran en el vintage nostálgico del placer culpable, sino que siguen recordándote que son putamente eternas.

Habrá gente que las odiará y otra que sentirá que encontró el eslabón perdido. Pero esto se tratará de esos discos que cambian con uno y que se adaptan a ti, para que jamás seas un Passalacqua poniendo estrellitas. Así que por favor, joven aburrido, ahórrese discursos acerca de la verdad acá. Nadie dice que esto es mejor o peor que lo que usted escucha.

Este espacio abordará lo que a mí me rompe el alma y de lo que a veces me parece injusto que se comente tan poco. Así que hoy, inaugurando esta idea, hablaremos de Hefner –y de su discazo llamado “The Fidelity Wars”–, unos cabros bastante subvalorados y que merecen ser la primera banda de esta columna.

Cada himno que Hayman compone, son tres mil abortos arjonianos en el mundo. Y cuando se le acaban, escribe himnos a las cosas que siempre quiso hacer y nunca pudo.

Darren Hayman debe ser el mejor creador de himnos a lo cotidiano que conozco. En sus manos, el whisky, el café o los cigarros dejan de ser objetos inertes y se convierten en el Wilson de Tom Hanks o en el “Rosebud” del ciudadano Kane. Un botón de abrigo en una letra de Hayman tiene más vida que mil desfiles de moda con fashion bloggers hablando de ropa.

En las letras de Hayman, el whisky no es una marca ni una etiqueta, sino lo que toma el otro. Es el trago que te recuerda que tu enemigo se hace el campeón tomando cosas fuertes, y que aunque tú la recuerdes con labios estilo vino de Lilac Wine, ella termina eligiendo al zorrón whiskero.

Para Hayman, incluso los cigarros marcan diferencias entre las mujeres que ha conocido. Si fuman Camel, Marlboro o simplemente no fuman, te dice más de ellas en sus canciones que todas las investigaciones de Masters y Johnson. Describe al cigarro como lo que les sirve a las mujeres para ignorarlo, pero al mismo tiempo las ama en ese gesto.

No-one called, no-one wrote, no-one phoned,
So no-one knew that I was with her on my own.
She smoked on my bed cause she thought it would annoy me,
But I love to watch the girls smoke in my bed.
I love to watch the girls smoke in my bed.
I love to watch the girls smoke in my bed.

Y si eso resulta poca cosa, termina haciendo una especie de himno del café y los labios que lo toman. Dice cosas como éstas:

As the woman who shared my bed
And wiped my brow for the past three years.
And my true love don’t drink her coffeee like her,
Don’t wear lipstick like her,
My true love, she is cursed.

Y es así cómo cada himno que Hayman compone, son tres mil abortos arjonianos en el mundo. Y cuando se le acaban, escribe himnos a las cosas que siempre quiso hacer y nunca pudo, como en “The Hymn For All The Things We Didn’t Do”, donde no sólo creó canciones eternas, sino que también representó al nerd inglés que nunca alcanzó verdaderamente la fama.

Darren nunca fue de ninguna de las bandas famosas del brit, pudiendo serlo sin ningún problema. De hecho, siempre fue más brit que lo brit y más nerd que lo nerd. Darren hizo de Hefner una de las pocas bandas de su época sin un sólo disco malo. Sus himnos no son de gente “lamebotas”, sino que están dedicados a las preguntas que nunca serán contestadas. Por eso mismo, siguen siendo himnos.

por Pablo Rosenzvaig