In-Edit, o la vida está en otra parte

Confieso ser adicto a la música, a los libros sobre las historias de músicos, a la música de cualquier tipo (salvo alguna variante siniestra de metal, las marchas prusianas y las fórmulas de industria). Esta semana he visto el 80% de los documentales del In-Edit Nescafé, un cargamento de heroína para enfermos como yo, un lujo para una ciudad como Santiago, diez días para entender, disfrutar y conocer quién, cómo y dónde se fraguó la vida de los que hacen la merca que me gusta. Así no más.

Hay un hilo conductor que atraviesa las historias y es, obviamente, el show business. He visto a David Bowie perseguir el éxito durante cinco años, y terminar copiándole cosas a Marc Bolan y a Lou Reed para ser Bowie; he visto la caída de Mark Sandman, de Morphine, y la del pastel de Harry Nillson (esta última, un guatazo en una piscina sin agua, pudiendo ser un crack mucho más grande de lo que fue); la iluminación de un ser complejo que vivía entre lo material y lo espiritual, como George Harrison; y la pesadez de la nada en los noventa de Elliot Smith.

Son clases de rock que no tienes con tocar la guitarra, sino con ir detrás de aquello que buscas, aunque te quemes.

Pude ver la épica de unos adolescentes de entre 17 y 19 años, que decidieron hacer un Woodstock a la chilena y les salió lo más mal posible, pero se transformaron en leyenda y vivieron igual una epifanía: Piedra Roja. Pude ver el comienzo de Los Jaivas (amén), la pega que hacen metódica y esforzadamente Los Bunkers para lograr ser más grandes aun (nadie dijo que sería fácil), la fineza de Sergio Castro para captar un día con Tortoise.

Pude ver “Pina”, una obra maestra sobre una maestra con una obra monolítica, y maravillarme con los trazos de “Chico y Rita”, de Trueba, Buarque y Mariscal. Vi salir del hoyo más asqueroso al vocalista de Pentagram y toparse cara a cara con una película de Disney, con un fan entrañable y una rubia exquisita.

He visto más, y quiero más. Porque son clases de rock que no tienes con tocar la guitarra, sino con ir detrás de aquello que buscas, aunque te quemes. Hay viajes, accidentes, orgasmos, explosiones de luz y asfixias pesadas. Hay vida en el In-Edit, y eso me obliga a recordar a Galeano: “Algunos fuegos bobos no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Eso encuentro siempre en In-Edit, desde su primera versión. Y el que se lo perdió, pavo o miedoso de incendiarse. Pero no importa. Tranquilidad. El próximo año, gracias al Pulento, vuelve.

por Javier Sanfeliú
  • Christian Landaeta Torres

    De acuerdo en todo, Javier. Falta que la gente conozca y descubra razones, historia, verdades y mentiras sobre tanto mito y leyenda; sobre todo los más jóvenes, que a veces carecen del vagaje necesario como ensalzar o apartar a un artista o banda del estrado de los consagrados y, para mí, caen en evaluar a todos o casi todos como “maestros” e ídolos. Me ha sido imposible asistir a todas las proyecciones y creo que el tema de los abonos lo descubrí muy tarde. Me entretuve siendo parte del público que durante proyecciones de PIEDRA ROJA o simplemente de las sinópsis aplaudían y se manifestaban como en función de títeres. Entusiasmo y no poca pasión por lo que durante muchos años me ha movido y me ha permitido encontrar y sostener conversaciones y relaciones significativas, duraderas y sanas. Quizá me atrevería a sugerir a la organización que, si asistes a dos funciones un mismo dia, te ofrezcan una pequeña rebaja. Quizá esto haya que armarlo en salas más grandes y, ojalá, estuviese abierto a muchos más que la fanaticada y la elite de siempre. Sin dudas, para cerrar un año enrrarecido y agitado, In-edit ha sido un buen “pain-killer” como los que muchas veces habrán salvado a Mark Sandman, cuya música recordarás sonaba por allá por mediados de los años ’90 en una radio que consiguió nadar en contra de la corriente, rebelandose para revelar entonces algunos secretos que hoy comparten tantos más que en esos dias. Ha sido alucinante oir los gritos y aplausos cada vez que por la pantalla desfilan Miles Davis, George Harrison, nuestros esenciales Los Jaivas y Bowie, tan marginado de nuestras FM chilenas por años de años, a pesar de lo cual, los nuevos y no tan nuevos melómanos han podido rescatar y hacer justicia (nunca olvido las restricciones a temas suyos como CHINA GIRL y tantos otros) Como bien tú expresas, un lujo para nuestra ciudad que necesita enterarse sobre Michael Nyman, Steve Reich y los milagros de Pina lo antes posible.

  • http://twitter.com/mirantra Francisco Miranda

    A mi me impresionó lo pelotudo que podía ser Elliott Smith. Tremendas canciones, pero el hombre entre tanta pastilla era un perfecto idiota.