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“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”. Así comienza “Middlesex”, la novela que hizo que el escritor norteamericano, de origen griego, Jeffrey Eugenides, ganara un Pulitzer en 2003.

Mientras iba conociendo la historia de su protagonista, Cal Stephanides, llegué a una conclusión: Eugenides es un alienígena con una capacidad –sobrenatural, a mi juicio– para trasvestirse e infiltrarse en sus personajes, solamente para poder sacar de ellos verdad y, más aun, verosimilitud (no confundir con realismo: en “Toy Story” hay más verosimilitud que en cualquier historia real).

La primera recomendación que dan a quienes quieren ser escritores es: “escribe de lo que conoces”. Sugerencia sensata y útil para terrícolas comunes y silvestres como tú y, por cierto, como yo, si no quieres que tu texto sea una apología “arjoniana” del lugar común. Único lugar al que llegaremos si intentamos meternos de manera pretenciosa, a través de las palabras, en realidades en las que no hemos estado o vivido.

“Middlesex” es una saga familiar que se remonta a 1922, a una pequeña aldea perteneciente a la comunidad griega en Turquía, cuando dos hermanos viajan huyendo de la guerra entre ambos países. Viaje donde se rompen tabúes y comienza la aventura cromosomática, que culmina en la actualidad con Calliope Stephanides, hermafrodita que –tal como dice la contraportada del libro– está “destinada a encarnar la leyenda que se contaba en secreto en la aldea de sus abuelos, sobre esas niñas que cuando llegaban a cierta edad se transformaban en hombres”.

Solamente un alien es capaz de, en un su nave espacial, llevarnos a la Grecia de 1920 y subirnos a un barco para huir a otro destino, haciéndonos sentir la desolación de dejar las raíces para reinventarnos.

Siguiendo con mi teoría de que Eugenides es un alien en la tierra, pregunto: ¿el autor, al igual que la protagonista de su libro, es de ancestros griegos? Sí. ¿El autor, al igual que la protagonista, crece en Detroit, Estados Unidos? Sí. ¿Es Middlesex un relato autobiográfico? No.

“Quise escribir un libro sobre hermafroditismo, pero sobre un hermafrodita de carne y hueso, y no sólo sobre sus rasgos psicológicos. Los hermafroditas en la literatura siempre han sido figuras bastante estereotipadas. Quise algo más realista. Comencé a ocuparme de los aspectos biológicos y descubrí que parte de esta condición es genética. A partir de ahí pensé en la familia, y como yo soy medio griego y tengo alguna idea de los inmigrantes griegos en Estados Unidos, opté por utilizarlo”, dijo Eugenides en una entrevista al diario El País de España.

¿Es Eugenides hermafrodita? No. Solamente, con sus poderes alienígenas, fue capaz de infiltrarse en la voz, psicología, contradicciones, pulsiones y convertirse en uno. Ocupando eso sí, como bastón, un marco para él conocido, como lo es la inmigración griega en Estados Unidos.

Solamente un alien es capaz de, en un su nave espacial, llevarnos a la Grecia de 1920 y subirnos a un barco para huir a otro destino, haciéndonos sentir la desolación de dejar las raíces para reinventarnos; hacer verosímil, deseable, e incluso bello e inocente, el incesto. Esto, para luego hacernos vivir en los Estados Unidos de las décadas de los ‘60 y ‘70, en la piel de una adolescente hermafrodita. Todo en un viaje donde Eugenides nos toma de la mano y nos permite ver todo esto con la perspectiva amplia de un narrador omnisciente; y también nos introduce en lo más profundo de sus personajes, como si pudiéramos navegar por su torrente sanguíneo.

“Para el psicoanálisis la alienación no presupone necesariamente patología mental. Puede ocurrir tanto en sujetos aparentemente sanos. A diferencia de la psicosis en la cual el individuo sustituye la realidad por un delirio, en el estado de alienación el individuo sustituye la realidad vivida por el discurso de otro”, como dijo Piera Aulagnier en su libro “El estado de alienación”. Alienígena o alienado, da igual. Súbase a la nave espacial de Eugenides y disfrute el viaje.

por Daniela Salas