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El viernes 14 de febrero tiene pensado invitarla a comer a su restaurante favorito. Además, piensa sorprenderla con una joya única, algo valioso y memorable. Piensa que al volver tendrán una de esas noches inovidables, ésas en las que ella “hace todo lo que él quiere”, noches cada día más escasas.

Él piensa todo eso un día antes, pero en el fondo está pensando en cómo va a celebrar el lunes 17, día en el que tiene una “reunión de negocios” a las 19:00 horas, una de ésas muy tarde, con inversionistas extranjeros.

Ésa es la fachada, porque el lunes va a ver a su amante, a la mujer que lo deja rendido, la mujer “bien armada”, guapa, segura de sí misma, superada de los rollos domésticos, la que nunca le reclama nada, la que no exige más que un par de veces al mes de buena pasión y conversación.

La amante pasará este viernes 14 de febrero sola, o quizás en compañía de algún familiar. Tal vez esté casada –mal casada– y estará también pensando en el lunes con ese hombre, que también le quita el sueño.

Ser amante implica riesgos, entre ellos el más obvio de todos: enamorarse de un hombre casado que, de seguro, no se va a separar. Créame. Los otros riesgos tienen que ver con estar en una categoría de la que es difícil salir. Las amantes viven y mueren en “su lugar”. A ellas mismas les resulta difícil emprender una cacería de machos solteros.

Ser amante implica riesgos, entre ellos el más obvio de todos: enamorarse de un hombre casado que, de seguro, no se va a separar.

Muchas pensarán que este rol es ideal. Viven su vida tranquila, nadie las controla, no les exigen nada, les hacen regalos, las quieren apasadionadamente –cuando las ven– y sólo escuchan cosas lindas. Es todo “perfecto”.

Están lejos de los problemas del día a día, él nunca llega cansado, siempre tiene ganas y jamás se queja de nada. Para todo eso está su señora, de la que se encarga de hablar mal cada vez que puede. En realidad, lo hace para que la amante crea que su vida es terrible, con lo que justifica tener una amante y merma su sentimiento de culpa.

Pero no se engañen. No todos los hombres casados que tienen una amante lo hacen porque tengan problemas. A veces es sólo deporte, por salir de la rutina, por hacer esas cosas que su señora no quiere hacer, por innovar en la cama.

Algunos tienen a sus señoras como “santas” y a las amantes como… bueno, ya sabe. Cada una verá si el rol le acomoda o no. Yo no tengo prejuicios; sólo creo que involucrar sentimientos y esperar demasiado es malo, muy malo, que la amante sale siempre perdiendo y que no hay vuelta atrás.

Pero hay amantes más vivas que nadie, capaces de revertir todo a su favor, aunque de ésas hay pocas. Las más son las que sueñan con esos hombres, los esperan y suspiran. Aun cuando se tengan claras las reglas del juego desde un principio, sobre los sentimientos no gobierna nada ni nadie.

Quizás lo mejor en estos escenarios furtivos sea verse muy de vez en cuando, más que amante ser amiga con ventaja, jamás preguntar nada de nada, disfrutar sólo en el momento que se ven y hacer una vida tranquila sin esperar nada de él. Una debe saber donde está parada o, mejor dicho, dónde está “pisando”, para no lloriquear después y andar con el maquillaje corrido…menos un 14 de febrero.

por Leonor Alonso
  • wil

    buenísimo!

  • Amapola Blooming

    mal karma andar con un tipo casado, peor tener que escuchar de la señora de él, para qué? Tontas las que les creen el cuento de que “se están separando”, si está con su amante y no se separa, lo más probable es que no lo haga. A los hombres lo que les gusta es la seguridad, y tener a la otra ahí, disponible, para cuando ellos quieran.