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Sin ánimo de dar cátedra ni una charla de moral, me planteé escribir desde la experiencia de armar una campaña como #GánaleATuIndiferencia. Cuando nos propusieron hacer el experimento de buscar tweets o posts que hablaran de pobreza, dije “Oh, va a ser rudo”. Conozco algo de redes sociales y en su lado más negro: la liviandad, el pelambre, el chiste rápido, fácil e incluso –muchas veces– cruel a más no poder. Ligereza en la que caigo algunas veces, obviamente, y de la que he sido víctima también.

Pero nos relajamos porque intuimos que serían tweets o posteos que harían alusión a los hashtags #QuéPobrah o #Paaavre que, creo, devienen de los stand up que hace la Botota en Youtube. Y que son comentarios irónicos y graciosos en tono auto-bullying, aludiendo a algún episodio como “se me rompió la panty”, “se echó a perder el ventilador”, “me quedé en panne de bencina”, “tengo cero peso en la tarjeta BIP”, etc. Cualquier cosa que aluda a la cotidianeidad.

Pero no fue así. Sorpresa ingrata. Fuera de toda ironía, nos encontramos con personas descalificando a otros/as por vivir en pobreza, ofendiendo, discriminando, caricaturizando, etc. Nos topamos con una dolorosa situación que distaba de ser pura ironía y chistes de uno mismo. La mayoría de los involucrados en la campaña pensaron que se trataba de una broma.

Uno de cada cuatro niños en Chile vive en pobreza. Si ese niño fuera mi hijo, ¿usaría el concepto de pobreza para hacer chistes rápidos e ironías fáciles?

Lo doloroso de todo esto es que no es exclusivo de la esfera digital. Ésa es la vida real. Porque hemos caído en la desconfianza, en no querer ver lo que nos incomoda, en cuidar nuestro predio y el resto que “se las pele”, en etiquetar a todo el mundo, ignorar al que está sufriendo y, si algo nos activa y nos molesta, es seguramente porque nos atañe directamente.

Detrás de un teléfono o un computador, en quince segundos no tenemos noción del daño que podemos hacer. Dejamos de dimensionar cómo el lenguaje construye una realidad que, en múltiples ocasiones, nos debiese avergonzar. Nos pusimos livianos, a ratos egocéntricos y muchas veces poco empáticos.

Uno de cada cuatro niños en Chile vive en pobreza. Si ese niño fuera mi hijo, ¿usaría el concepto de pobreza para hacer chistes rápidos e ironías fáciles? Cuánto nos costará ver a otro, ponerse en su lugar, imaginar sus dolores, frustraciones, alegrías y sueños. Verlo y reconocerlo como humano, desde sus derechos y dignidad. ¿Cuán difícil se nos hace dejar de etiquetar, diferenciar, clasificar?

Los dejo invitados a ver la campaña en www.ganaleatuindiferencia.cl y en el canal de Youtube de América Solidaria Chile, y encontrarse con un experimento en el que todos nos podemos ver reflejados. Luego de eso, planteo que colectivamente impulsemos un cambio… urgente y necesario; cambio profundo que puede comenzar por mejorar nuestra forma de hablar y escribir. Simplecito.

por Florencia Zulueta