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Luego de varios tratamientos fallidos contra la depresión, Raúl hizo caso a los consejos de su hermana y fue donde una terapeuta que podía leerle a las personas sus vidas pasadas.

“En mis primeros recuerdos de infancia está grabada esta sensación de que algo está profundamente mal conmigo”, le dijo con pesar a la psíquica experta, una hermosa mujer de pelo blanco que escuchó su relato con atención. Era un hombre torturado por la angustia y la depresión. A pesar de haber estudiado una carrera, tener un buen trabajo, una familia y una buena situación, una voz le susurraba al oído que el destino le había preparado una muerte horrible y llena de dolor.

“Veo sangre y asesinato”, dijo la mujer. “Chacales en la noche. Una estampida de poder. Una violación. Varias. Muchas. Todas. Familias con miedo. Volantines. Un río de cadáveres. Fútbol. Noches de calles vacías y madres desveladas. Televisión. Crímenes sin justicia. Militares. Usted fue un dictador”. Luego la mujer se quedó callada. Encendió un cigarrillo. Lo miró.

“¡No puede ser! ¡Yo no he hecho nada!”, gritó Raúl con desesperación. La mujer se rió. Incluso en su siguiente vida, el tirano seguía en negación. Y sin decirle nada, amablemente le cobró. Furioso, Raúl le dijo que estaba loca, que no le pagaría por sus mentiras y, en deuda, salió.

Confundido y furioso, se tambaleaba en la calle como recién acuchillado. Absorbido por su propio dolor, pasó a llevar a un perro chico, que le gruñó. “Cállate, perro de mierda, que no ves que estoy sufriendo”. Lo pateó. El quiltro ladró con más fuerza y llegaron otros perros de la noche en ayuda. Lo acorralaron hacia el fondo de un callejón. “¡Ayuda!”, gritó completamente rodeado. “¡Socorro!”, aulló al sentir la primera mordida en su brazo. “¡Me matan!”, cuando dos se peleaban por su pierna. “¡Me comen!”, mientras le abrían las entrañas. “¡Mamá!”, desmembrado y vivo. “¡Perdón!”.

Fin.

por José Pablo Stange