perro

Entender la relación entre el hombre y el perro podría solucionar tantas cosas a nivel social, político e incluso comercial. Es curioso, pero la cosa parece ser simple. Cuando tienes a un perro mirándote cara a cara, tienes a otra cultura en frente. ¿Me sigues?

Nos han enseñado que somos superiores y todas esas pajas que no nos han servido para nada. Salvo, salvo para acumular. Pero para entender, pocazo. Sin embargo, cuando miras de verdad a un perro, ves una cultura mucho más antigua que la tuya. Más sabia. Más desarrollada. Una que entendió muchas cosas antes.

No somos superiores al perro. El perro nos domesticó. Nos enamoró. El perro que tú crees tener, en rigor, te tiene a ti. Hace más de cinco mil años. Es loco, pero ni tan loco. El perro es el jefe y hubiese que entenderlo con humildad.

Hace miles de años, un lobo observaba cómo unos monos que caminaban en dos patas tenían altas dificultades para atrapar a su presa. Y tuvo una idea: “Haré una sociedad con este mono. Lo ayudaré a cazar y viajaremos juntos. Le seré leal”. Recomiendo ver el capítulo II de Cosmos, en Netflix, donde se explica científicamente esta relación de colaboración antiquísima y que ha resultado tremendamente beneficiosa para ambas partes.

No somos superiores al perro. El perro nos domesticó. Nos enamoró. El perro que tú crees tener, en rigor, te tiene a ti. Hace más de cinco mil años.

Se parece a la realidad. Se parece a la chilenidad. ¿A quién tienes al frente, perro? ¿Ves al lobo? ¿Cuántas instancias colaborativas se están generando? Al parecer muchas, lo cual en simple no es más que otro proceso biológico. Como las redes sociales, que sin duda son una respuesta biológica más ante la descompensación en la que se encuentra el mundo. Cuánto hemos aprendido del mundo animal en los últimos diez años. Quizás más que en los últimos diez siglos, donde lo nuestro ha sido aniquilar especies para engordar un mercado voraz. Pero eso es tema de otra columna.

Lo curioso –o distinto de uno, humano “bacán”– del perro es que en sí mismo contiene muchas de las virtudes que los filósofos definían como el corpus de un hombre justo. El perro, por ejemplo, no te explotará. No te exigirá nada. No te pondrá a prueba. No desconfiará. Incluso te perdonará. Sabe quién eres; te has transformado en su mundo. Te ha visto como tú nunca lo has visto. Quiere trabajar contigo, seguirte, comprenderte.

Tu cabeza necesita reiniciar. No hay mil ofertas en la cabeza de un perro. La única realidad eres tú, los otros, tus amigos, el entorno. El perro cuidará de ese clan. Eso es el perro. Pura comprensión y generosidad. Comunidad, afecto incondicional. El perro no sabe de contactos. El perro cree en la hermandad.

¿Cuánto nos falta para eso? Para llegar al nivel Perro. Demasiado. Más que la cresta. Y nos creemos lo mejor de la evolución. Humildad, perro. Porque la cultura perro nos puede seguir enseñando muchas cosas. Como en vez de mirar el teléfono, un día de verano echarse al sol a meditar. Por ejemplo.

Por último, una sociedad que abandona a sus perros, que los atropella e incluso maltrata y desprecia sin razón alguna, es una sociedad enferma destinada al fracaso. Una comunidad que niega la lealtad y valida la hipocresía, está encadenada a la desconfianza y al borde de la cornisa. Y la altura es considerable.

por Javier Sanfeliú
  • Sophie Quilodrán Eyzaguirre

    “Eso es el perro. Pura comprensión y generosidad”

  • Elisa Andrade Zarges

    Excelente!! la comparto!! debes de ser un buen tipo Sanfeliú

  • Ignacia Jiménez

    Hermosa realidad. Hay que luchar día a día para salir del borde de la cornisa <3

  • José Ignacio

    “Si los perros no van al cielo, cuando muera quiero ir a donde ellos van.”
    ∼ Will Rogers.

  • Paloma

    Sanfeliu, sabe lo que escribe. el tiene un perro!!!

  • Marcelo Inostroza

    Sanfeliú, tienes que tener perro, cuanto sabe. Linda columna