#todotienequeverconStarWars

¿Recuerdan cuando la U bajó a Segunda? ¿Conocen a algún hincha de la U que haya renegado del equipo de sus amores? No soy de la U, pero tengo buena memoria y muchos amigos chunchos. ¿Y qué tiene que ver lo del descenso de la U con Star Wars? Pues todo y nada. Así como los hinchas del León no le dieron la espalda al equipo, los fans de Star Wars tampoco renegamos de la saga cuando George Lucas se metió todo lo bueno y maravilloso de la trilogía original por ahí mismo, con las tres precuelas, en lo que ha sido lo más cercano a un rompimiento amoroso generacional para mucha –demasiada– gente.

No quiero exagerar, pero no recuerdo un término sentimental que me doliera más que la vez que vi por primera vez Episodio I, que ni siquiera fue en un cine, sino en una copia pirata. Porque acá la película se estrenó un mes después que en el resto del mundo. Ni idea la razón del atraso, pero así ocurrió. Recuerdo que estábamos en Dédalos, la editorial que tenía el Dr. Zombie, con él y otros amigos, sin saber si ver o no ese VHS roñoso que alguien nos había hecho llegar desde Estados Unidos. Pero le pusimos play… Y, al final, todos callados. Nadie dijo nada. Y luego fuimos al cine a repetírnosla. Una, dos, tres veces, para convencernos de que la película no era mala. ¡NO PODÍA SER MALA! Habíamos esperado demasiado… y George Lucas nos entregaba eso. ¡ESO!

Insisto (y repito la idea): si hiciera una lista de las mujeres que me han roto el corazón, arriba, bien arriba estaría Episodio 1. ¿Qué era eso? ¿Quién pensó que Jar Jar Binks era una buena idea? ¿Por qué un niño? ¿A quién le interesan los niños? ¡Ni a los niños! ¿Midiclorians? Esa puta palabra. Cuatro sílabas que mataban dos décadas de mística y fe galáctica, porque con la Fuerza no se juega. Era y es una nueva fe, no una cosa de células que pueda medirse con una muestra de sangre, tomada con un aparato plástico que parecía soporte de máquina de afeitar.

Star Wars es más grande que la vida; que la tuya, que la mía, que la nuestra. Y aquí estamos, a pocos días del estreno de The Force Awaken, o del Episodio VII, o de El despertar de la Fuerza, como quieran decirle.

¡La religión no es biología, George! ¡Ni siquiera las naves eran bonitas! Y Robots… ¡Los malos eran robots! ¡Quiero pegarme un tiro! Y lo que vino después fue aun peor. Un Anakin Skywalker adolescente e insoportable, que pasaba la mitad del día llorando. ¡Ese gil con cara de integrante de boy band no podía ser Darth Vader! ¡Que te coma el Sarlacc, Hayden Chistianyadayada! Y la fruta voladora… ¡Se acuerdan de esa puta fruta voladora! Una pera de Naboo, creo. Y el “te amo” más frío de la historia del cine. Y las guerras clónicas que eran de clones. ¡De clones!

Y uno que se hizo hombre pensando que las guerras clónicas, de las que hablaba Obi Wan Kenobi en la Star Wars original, eran un conflicto casi mitológico que, con eso de “clónico”, se refería a tiempos, a medida espacio-temporal, no a los malditos clones que originaron a los Stormtrooper. Episodio III arregló algo la cosa, sólo por su tercio final que no podía salir mal. Como fuera, nos arruinaron la infancia, pero ahí seguimos al pie del cañón, creyendo en la Fuerza, en los Jedis, en la belleza de cuatro X-Wing recortados contra el hemisferio metálico de la Estrella de la Muerte, en la idea de viaje al destino absoluto retratado en un atardecer bajo los soles gemelos de Tatooine… porque al igual que con el equipo de fútbol favorito, la pasión sigue y la pasión es fiel.

Star Wars es más grande que la vida; que la tuya, que la mía, que la nuestra. Y aquí estamos, a pocos días del estreno de The Force Awaken, o del Episodio VII, o de El despertar de la Fuerza, como quieran decirle. ¡Gran Scott (que es como Superman decía “Dios mío”), la próxima semana empieza con Star Wars y termina con David Gilmour! Mis dos pasiones de la vida, Star Wars y Pink Floyd en menos de cinco días. Alguien se metió en mi cabeza y diseñó la semana perfecta, estoy seguro. Perdón por lo anterior, un breve ataque de ego… o una momentánea pérdida de razón. Los fans de Pink Floyd entenderán.

Lo importante es que faltan pocos días para Episodio VII y –¿saben?– tengo fe. La que nunca he tenido en Dios, la tengo hacia esa película. Me compró con el primer tráiler, cuando el Falcon se dejaba caer y sonaba la fanfarria de George Lucas. Con las imágenes de ese planeta desierto lleno de ruinas de Star Destroyers. Con ese nuevo villano enmascarado, rezándole a la máscara chamuscada de Darth Vader. Y los nuevos héroes. Y el robotito esférico encantador. Y los TIE Fighters de nuevo. Es que Han y Chewie están de nuevo en casa, la casa de todos. La lejana galaxia es más bien muy cercana.

Y aquí estoy, a mis 41 años, gordo, divorciado, pelado; igual que ese niño de 6 años que, en un cine de provincia, alguna vez quedó mudo al ver cruzar una nave espacial perseguida por otra nave espacial más grande y poderosa. Ahí comenzó todo, ahí comenzamos todo (sé que tengo que hablar en primera persona plural). Star Wars es de todos nosotros. Insisto: ni idea si Episodio VII será bueno o malo. Yo tengo fe y me gusta tenerle. Ya saben: #todotienequeverconStarWars.

por Francisco Ortega
  • Tsonga

    16 años después del Episodio 1, cada día que pasa le agarro más cariño a la nueva trilogía.