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El duelo duele y el pesar pesa. Las palabras, esas grandes olvidadas en este mundo de números y porcentajes, significan mucho más, pero nosotros, los atontados por el frenesí del sistema, creemos que la verdad está en las encuestas. Craso y terrible error. La verdad está en el dolor de la vida, y cada uno de esos pasos se nombra, no se calcula ni suma ni resta ni divide. La alegría es goce; la felicidad, equilibrio; la pena, una necesidad cuando el mundo se viene abajo. No un cálculo. Cuando algo o alguien se muere. Porque eso pasa.

“La Memoria del Agua”, de Matías Bize, habla de eso. De ese no saber qué hacer ni dónde ir cuando se nos cae el cielo sobre nuestras cabezas. Fractura expuesta. Sangre afuera. Médula chorreada. Cuando se eclipsa la vida, se pierde la luz y no sabemos hacia dónde ir. Toda esa realidad que formamos cuando aparece la muerte, la innombrable, la maquillada, la negada, y no sabemos para dónde ir en esa oscuridad.

Se nos apaga el iPhone y no sabemos cómo conectar con nadie ni con nada. Entramos en un mundo de fantasmas, de voces y seres que ya no están y que amamos alguna vez más allá de la razón. Porque nadie nos dice que esta vida es prestada y que, en cualquier momento, se nos cobrará. Que todo esto se irá. Que el seguro que nos ofrecen no nos servirá. Porque el dolor no se mide en números ni lucas, sino en arrugas. En canas. En lágrimas. La seguridad no está asegurada en ninguna parte. Nacemos y vamos a morir.

Es muy difícil perder a alguien. ¿Qué será perder a un hijo? Conchatumadre. Perdón, pero dejemos los eufemismos y seamos chilenos. Conchatumadre.

Pero, ¿qué hacemos cuando alguien que amamos, muere? Diablos. Perdernos. Nos tomamos la cabeza con las dos manos y nos tapamos los ojos y los oídos, llorando sin ruta. Nos caemos al suelo y comemos tierra. Quizás de manera instintiva, buscamos en el polvo algo que no volverá. Esa voz que no volveremos a escuchar. Esa mano tibia que nunca más nos tomará la mano de vuelta.

Es muy difícil perder a alguien. ¿Qué será perder a un hijo? Conchatumadre. Perdón, pero dejemos los eufemismos y seamos chilenos. Conchatumadre. De sólo imaginar eso, se me apaga el sol. No hay flores ni abejas ni vegetales. Viene la oscuridad total. Como dice la canción de la película, “pierdo el equilibrio y me congelo de una vez”. Una vez sacrifiqué a una de mis perras y me tuve que agarrar de un poste. Así no más. Porque el duelo duele y el pesar pesa. Porque uno ama eso que vive cerca de uno. Padres, hijos, abuelos, árboles, animales, proyectos, ilusiones. Tantas cosas vivas.

Quizás se pensará que por qué hay que pagar una entrada para ver el sufrimiento de otros. Quizás creamos que el cine es simplemente una cuestión de distracción. La verdad es que creo que nos han mantenido distraídos de lo realmente importante mucho tiempo. Nos han dicho que los demás son otros y no nosotros mismos. Pero amamos a los que nos rodean, a los que nos aman, a los que nos hacen cariño. A la manada. A la familia. Porque, como dijo John Donne hace muchos años, ningún hombre es una isla en sí mismo, sino parte de un continente. Los que somos y los que armamos nuestra propia realidad. Este estar aquí y ahora.

Pixar ya lo dijo: la alegría no está separada de la tristeza. ¿Para qué intentar separarlas? Hay, creo, que explicitar nuestras tristezas. Verlas antes de tiempo. Prepararse como un ejercito a la guerra de lo inesperado.

Quizás “La Memoria del Agua” no sea un éxito de taquilla y no la vean todas las personas que debieran verla. ¿Es un asunto de rating? No. Y qué importa. Como decía Raúl Ruiz, el cine no es un negocio, sino una intención de contar, de pintar, de compartir un algo; un espíritu que nos visita y se quiere quedar. Y aquí hay agua. Y si hay agua, hay vida. ¿No estamos buscando eso en otros planetas? Con todo lo que implica encontrarla. Ahí nacen y mueren cosas. Porque esto de existir no es tan fácil y automático como comercial de cerveza. Es un asunto para valientes. Para gente que es amada y sabe amar. Y que sabe que algún día dejará de estar.

por Javier Sanfeliú
  • Bárbara Covarrubias

    Es verdad. Cuando se muere alguien que queremos, nos perdemos. Y nos vamos a un lugar que te cambia para siempre. Nunca más se vuelve a ser el mismo. Comparto plenamente el hecho que la mayoría habla de “los demás” o “la gente”, sin detemerse en que somos nosotros mismos.

  • Cristián

    Excelente relato y análisis el que realiza Sanfeliú respecto a la pérdida y al dolor, sin embargo no es mucho lo que habla de la película de Matías Bize. En lo personal creo que la película no logró traspasar todo ese dolor del que habla Sanfeliú, la pérdida ( en el caso del amor) lo vi mucho mejor relatado en La Memoria de los Peces, que para mi sigue siendo la mejor película de este director.